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Amigos de verano: cómo ayudar a los niños a mantener el contacto al volver a casa

Dos niños se despiden junto a un coche al terminar las vacaciones mientras mantienen disponible el contacto por móvil.

Se han pasado tres semanas juntos en el pueblo, han formado una pandilla en el camping o se conocieron el segundo día de campamento y desde entonces parecían inseparables. Llega la vuelta a casa, cada familia carga el coche y aparece una frase inevitable: «¡Nos escribimos!».

Luego empieza septiembre.

Uno vuelve al colegio, otro tiene fútbol los martes, alguien vive a 400 kilómetros y los móviles que iban a solucionar el problema están, en realidad, en manos de sus padres. Aquella amistad que funcionaba sin ningún esfuerzo porque se veían desde el desayuno hasta la piscina pasa a necesitar organización.

Los adultos podemos ayudar bastante en ese cambio. Pero hay una diferencia importante entre facilitar que una amistad continúe y empeñarnos en conservarla nosotros.

La primera depende de nosotros. La segunda, mejor dejarla en manos de quienes son amigos.

Antes de organizar nada, pregunta si quiere seguir en contacto

Puede parecer evidente, pero es fácil saltarse este paso.

A veces los padres hemos congeniado, nos parece encantadora la otra familia y ya estamos imaginando una quedada en octubre mientras nuestro hijo ha archivado mentalmente el verano y está pensando en volver a ver a sus compañeros del colegio.

Pregunta algo tan sencillo como:

«¿Te gustaría seguir hablando con Pablo cuando volvamos a casa?»

Si la respuesta es sí, puedes ayudarle. Si responde con un encogimiento de hombros, tampoco hace falta montar una operación de rescate.

Las amistades durante la infancia y la adolescencia cambian bastante. Incluso relaciones importantes pueden desaparecer cuando cambian el colegio, el grupo o las oportunidades de verse. La investigación sobre estabilidad de las amistades muestra precisamente que conservar siempre a los mismos amigos no es la norma universal. (PubMed)

Una amistad de tres semanas puede haber sido estupenda aunque no llegue a Navidad.

Ese es un punto fácil de olvidar: la duración no decide si una amistad ha merecido la pena.

Padre escuchando a su hija mientras decide si quiere seguir en contacto con un amigo de verano.

Deja resuelto el contacto antes de que cada familia se marche

El momento más sencillo para mantener una amistad es antes de necesitar mantenerla.

Si son pequeños y todavía no tienen teléfono propio, conviene que los adultos intercambien algún medio de contacto. No hace falta pedir cinco redes sociales, dirección postal, teléfono fijo y árbol genealógico. Con una vía que ambas familias utilicen es suficiente.

También conviene que los niños sepan qué se ha acordado.

Por ejemplo:

«Tengo el teléfono de la madre de Leo. Cuando quieras mandarle algo me lo dices».

Eso funciona mejor que convertirte en secretario de relaciones exteriores y enviar cada domingo un mensaje porque crees que «ya toca».

Con niños mayores que gestionan su propio dispositivo, el papel adulto cambia. Puedes comprobar que realmente conocen a la otra persona, hablar de privacidad y acordar unas normas razonables, pero no necesitas estar presente en cada conversación.

Si precisamente estáis valorando cuándo dar ese paso, puede servir esta guía sobre el primer móvil para un niño y qué conviene revisar antes de entregárselo.

Dos familias intercambian el contacto antes de marcharse del camping mientras los niños terminan de recoger.

Mensajes y audios: mejor espontáneos que obligatorios

Un audio funciona muy bien cuando existe algo que contar.

«Mira, he encontrado la piedra que cogimos en la playa».

«He empezado el libro que me recomendaste».

«¿Te acuerdas del perro que siempre se escapaba?».

En cambio, «manda un audio a tu amigo, que hace una semana que no le dices nada» puede convertir rápidamente la amistad en deberes.

Y ahí empiezan esas grabaciones maravillosas:

—Hola, ¿qué tal?
—Pon un poco más de alegría.
—¡HOLA! ¿QUÉ TAL?
—No grites.
—Hola… ¿qué tal…?
—Bueno, mándalo ya.

No hace falta fabricar entusiasmo para demostrar que siguen siendo amigos.

Los mensajes asíncronos tienen además una ventaja importante cuando los adultos hacen de intermediarios: nadie tiene que contestar inmediatamente. Un niño puede mandar algo hoy y recibir respuesta dos días después porque el teléfono estaba en el bolso de otro adulto.

Es mejor asumirlo desde el principio.

Niño grabando un mensaje de audio mientras enseña una piedra que conserva como recuerdo de las vacaciones.

Las videollamadas funcionan mejor si tienen un motivo

Sentar a dos niños delante de una pantalla y decirles «venga, hablad» no garantiza una conversación apasionante.

Después del «hola», «bien», «¿y tú?», puede quedar un silencio bastante largo.

Una videollamada suele resultar más natural si gira alrededor de algo:

  • enseñar una construcción o un dibujo;
  • jugar una partida corta;
  • presentar una mascota;
  • abrir juntos un regalo de cumpleaños;
  • contar cómo ha quedado algo que empezaron durante las vacaciones;
  • enseñar fotos de una excursión que compartieron.

El objetivo no es llenar media hora. Diez minutos que ambos disfrutan valen más que una videollamada interminable mantenida porque a los padres les da pena colgar.

Niña enseñando una construcción a un amigo durante una videollamada.

Las cartas y postales siguen teniendo una ventaja inesperada

Para un niño acostumbrado a que todo llegue a una pantalla, encontrar un sobre con su nombre en el buzón puede ser bastante más emocionante de lo que parece.

Además, una carta no exige una conversación en directo.

Puede incluir cuatro líneas, un dibujo, una pegatina, una fotografía impresa o una pequeña historia de algo que haya pasado desde la vuelta.

No hace falta convertirlo en un proyecto escolar de caligrafía.

Si el niño tarda 45 minutos porque tiene que escribir una carta impecable, probablemente no querrá repetir. Si dibuja un dinosaurio, escribe «este se parece al que vimos en el museo» y mete el papel en un sobre, la función está cumplida.

También permite mantener el vínculo sin añadir otro grupo, otra aplicación y otras notificaciones al día.

Manos de un niño preparando una postal con un dibujo, un sobre y un sello para enviársela a un amigo.

Una quedada puede ayudar, pero no hace falta prometer una cada mes

Cuando las familias viven relativamente cerca, reencontrarse durante el curso es la forma más directa de comprobar si aquella amistad funciona también fuera de su escenario veraniego.

No tiene que ser un fin de semana completo.

Puede bastar una tarde, una excursión, un cumpleaños o quedar a medio camino.

Si viven lejos, quizá tenga más sentido pensar en Navidad, Semana Santa o en el siguiente verano que intentar sostener un calendario imposible.

Aquí también conviene evitar promesas que probablemente no podréis cumplir. Decir «vamos a vernos todos los meses» suena estupendo el 25 de agosto. En noviembre, con colegios, trabajo, actividades, catarros y cumpleaños, puede convertirse en una pequeña negociación internacional.

Mejor un plan real que seis planes imaginarios.

Dos amigos se reencuentran en un parque durante el otoño después de pasar un tiempo sin verse.

No confundas menos contacto con menos amistad

Los adultos solemos medir bastante las relaciones por la frecuencia.

«Hace quince días que no hablan».

Para un niño, eso puede tener mucha menos importancia.

Algunas amistades necesitan contacto frecuente. Otras se quedan en pausa y, cuando los niños vuelven a verse, recuperan el juego a los cinco minutos como si septiembre, octubre y noviembre no hubieran existido.

La distancia reduce las oportunidades de compartir vida cotidiana, y eso lógicamente puede hacer más difícil mantener determinadas relaciones. La investigación con adolescentes también ha encontrado que la proximidad y compartir espacios como el colegio influyen en cómo se forman y mantienen las redes de amistad. (PMC)

Eso no significa que haya que compensarlo hablando todos los días.

La pregunta útil es otra:

Cuando vuelven a contactar, ¿les apetece?

Si la respuesta sigue siendo sí, la amistad probablemente no necesita un contador de mensajes.

Cuando el contacto es digital, la privacidad sigue importando

Mantener a un amigo del verano no requiere publicar la vida del niño.

Si el contacto pasa por WhatsApp, una red social, un videojuego o cualquier otra plataforma, conviene aplicar las mismas reglas básicas que utilizaríais con el resto de su vida digital.

La AEPD recuerda que fotografías, mensajes y datos personales pueden escapar con facilidad del círculo para el que inicialmente se compartieron. UNICEF también insiste en trabajar desde pequeños la privacidad, la identidad digital y el control de los contactos. (AEPD)

En la práctica:

  • no hace falta publicar fotografías de ambos niños para mantener la relación;
  • evita compartir direcciones, colegios, horarios u otros datos sin necesidad;
  • antes de reenviar una foto o vídeo donde aparezca el otro menor, pregunta;
  • con niños pequeños, resulta razonable que el contacto se produzca a través de los dispositivos de los adultos;
  • si aparece en internet una cuenta distinta diciendo ser aquel amigo, comprobad quién está realmente detrás.

La tecnología aquí debe funcionar como puente, no como precio de entrada a la amistad.

Adolescente y madre revisando juntos los ajustes de privacidad de un teléfono móvil.

¿Y si el otro niño no responde?

Este es probablemente el momento más incómodo.

Tu hijo manda algo y no llega respuesta.

Lo primero es no fabricar una explicación.

Puede que el otro niño no tenga acceso al móvil. Puede que su padre haya visto el mensaje tres días después. Puede que haya empezado el curso. Puede que no sepa qué responder. Y también puede que ya no tenga demasiado interés.

Todas son posibilidades.

Si han pasado unos días, podéis hacer un segundo intento razonable. Después, mejor dejar espacio.

No conviene perseguir a la otra familia ni decirle al niño:

«Pues vaya amigo».

Una amistad necesita reciprocidad. No podemos conseguirla insistiendo por dos personas.

También es una ocasión para enseñar algo bastante útil: se puede echar de menos a alguien sin conseguir que esa persona quiera mantener exactamente el mismo vínculo.

Tampoco conviertas la amistad en un examen

Hay niños que hacen amigos con enorme facilidad. Otros necesitan más tiempo. Algunos vuelven de un campamento con quince contactos. Otros regresan hablando únicamente de una persona.

No hay una cifra correcta.

Una revisión sistemática sobre amistad y bienestar adolescente encontró una relación consistente entre mayor calidad de las relaciones de amistad y distintos indicadores positivos de bienestar, aunque buena parte de los estudios disponibles son observacionales y no permiten simplificar esa relación a «más amigos igual a más felicidad». (PMC)

Por tanto, el objetivo no debería ser conservar todo el grupo del camping.

Puede ser suficiente mantener una amistad que realmente importa.

Y también puede ser suficiente guardar un buen recuerdo de todas.

Si le da mucha pena despedirse, no intentes quitarle la tristeza demasiado deprisa

El último día puede haber lágrimas, enfado o una sensación enorme de injusticia porque «vive lejísimos».

No necesitas convencerle de inmediato de que no pasa nada.

Pasa algo: se está separando de una persona con la que ha compartido mucho en muy poco tiempo.

Puedes reconocerlo:

«Entiendo que estés triste. Lo habéis pasado muy bien juntos».

Después ya llegará el plan práctico:

«Tenemos su contacto. Cuando te apetezca, podéis escribiros».

La diferencia importa. Primero reconoces lo que siente; después ayudas.

Si la tristeza por una despedida concreta se convierte con el tiempo en aislamiento, desesperanza o una preocupación más amplia porque siente que no tiene amigos, entonces estamos ante otra cuestión. En ese caso puede servir la guía sobre cómo distinguir un mal día de una soledad infantil o adolescente que necesita atención.

Un plan sencillo para la vuelta a casa

No hace falta montar una estrategia anual.

Al terminar las vacaciones bastan tres cosas.

Primero, pregunta si quiere conservar el contacto.

Segundo, deja disponible una vía sencilla y segura: teléfono familiar, mensajes, videollamada, carta o el canal apropiado para su edad.

Y tercero, devuélvele poco a poco la iniciativa.

La APA señala que los padres pueden tener un papel importante ayudando a los hijos a desarrollar y manejar sus amistades, pero acompañar no equivale a controlar cada relación. (APA)

Ese equilibrio encaja especialmente bien con los amigos de verano.

Tú puedes guardar el teléfono de la otra familia, prestar el móvil para una videollamada, comprar un sello o conducir hasta una quedada.

Lo que no puedes decidir es si dentro de seis meses seguirán teniendo ganas de contarse cosas.

Y no pasa nada.

Algunas amistades sobrevivirán al invierno. Otras reaparecerán el verano siguiente en cuanto los niños se vean desde la otra punta de la piscina. Y algunas se quedarán exactamente donde empezaron: en aquel camping, aquel pueblo o aquellas dos semanas de campamento.

También esas fueron amistades.

Fuentes consultadas